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sábado, 2 de enero de 2021

Nuevo cinismo literario

Acabo de terminar Alta fidelidad de Nick Hornby; si bien el comienzo me agradó mucho, noté un patrón demasiado insoportable. Me obligué a terminarlo esperanzada de que al final habría un giro que le diera sentido a lo que exponía ¿Qué onda con el final cursi?

    No puedo sentir compasión por el protagonista, no es más que un niño/hombre quejumbroso y amargado que siempre le echa la culpa a sus novias por haberlo dejado por otro. Si bien muchos de sus monólogos interiores y la forma en que analizaba su vida me parecieron interesantes, siento que jamás aprendió su lección, vivió su bucle de inmadurez y al final es recompensado quedándose con la chica ¿En qué cabeza cabe ? ¿Cómo pudo aguantarlo de regreso? Si bien la reflexión final que tiene el sujeto, es que no puede seguir aburriéndose de las morras sólo porque ya no son nuevas, que ya tiene treinta y tantos, tiene que sentar cabeza. Al final vino a conformarse con "alguien que lo quiere de verdad".

    Este libro no es malo, es entretenido y divertido, sin embargo, ahora que me estoy embarcando en mis años cínicos-woke debo decir que este tipo de lecturas ya no son para mí. Ese romanticismo exacerbado del típico softboy que se la pasa "queriendo más", la constante necesidad de recordad con nostalgia no sólo relaciones y personas pasadas también está la mirada tan lapidante hacia la música; se supone que trata del amor a ésta, pero es la clásica persona que juzga a todos por sus gustos musicales y jamás se atreve a escuchar algo nuevo que lo saque de su zona de confort, (¡y además que forma de tratar a las mujeres!).

¿Soy muy injusta juzgando un libro desde la actualidad? Es justo por eso que abogo a este nuevo cinismo literario. Le exigí un poquito más a este libro y logró decepcionarme; al final mis pretensiones de puro y llano entretenimiento fueron superadas por la incomodidad de la situación. Mi experiencia lectora quedó arruinada por la persona que soy ahora, y es que le suplico a la gente que se aleje de hombres como Rob Fleming, yo misma me enredé con alguien parecido. ¿Mi experiencia de vida ha condicionando mi lectura? Definitivamente, es el gusto de no tener que hacer un estudio literario profundo ¿Le daremos una vuelta en el futuro? No. Si terminara regresando y revalorándolo significa que he caído en viejas costumbres que ahora trato de evitar, es una respuesta que no necesito.

En cambio hubo otros libros de música que si que me cautivaron y me dieron esperanza en eso de tocar en una banda.  La edición de anagrama está preciosa y se ve bien junto a otros libros de música. 


¿Neta se quedaron junto al final? 

jueves, 11 de mayo de 2017

La belleza y lo sublime del tacto en El Rubí de Rubén Darío


El tacto y la sensualidad de las palabras en la narrativa, entrecortadas por las descripciones de vivas tonalidades que inundan los enunciados y las construcciones, en el centro de la imagen está cada uno de los colores. El modernismo en su primera y más pura expresión descarga sus atenciones a la universalidad de las formas bellas, en esos estratos es natural tomar entre sus extravagancias palabras de particular goce, sencillo de encontrar en su orden y cuidadoso uso de ellas.
Rubén Darío máximo exponente del modernismo, contuvo en sus poesía el llano uso de las palabras, ahora, se trata de un cuento el que llama la atención de este análisis. Si existiera un color para la poesía ese sería el azul, del libro del mismo nombre se desprende El Rubí, una historia cuasi fantástica bañada entre formas y colores que desprenden vida y sensualidad como es difícil encontrar en otras narraciones. La poesía es el principal cultivo de aquellos autores hispanoamericanos  y entre destellos poéticos revelan al cuento como una nueva forma de creación literaria, el cuento en cuestión no peca de lagunas narrativas pues se trata de un trabajo corto y conciso, hambriento de descripciones tan materiales como la imagen, tema que se desmenuzara a continuación.
La belleza no es un tema de sencillo tratamiento, está tocado por la filosofía, la estética y puede que hasta la psicología; alcanza, incluso, tratarse de un tema de corte subjetivo, está claro que el contexto y la convención marcan su camino, sin embargo hay más allá de la sociedad una experiencia y estructuras que por sí misma dentro de la psique humana puede considerar algo bello fuera de las convenciones sociales.
Sería pretencioso que a partir de aquí se tratara de explicar la belleza en tan pocas palabras, es sin embargo la intención tratar de asirla a partir de las dinámicas y vistosas descripciones de Darío en el cuento antes mencionado. En este caso, como es natural, sobresalen los colores. No existe textura en el color, pero a partir de la vista se pueden crear sensaciones capaces de atrapar el tacto mismo. En este sentido la armonía no actua como conductor de la descripción, sino que desborda en un sinfín de detalles tangibles:

A aquellos resplandores, podía verse la maravillosa mansión en todo su esplendor. En los muros, sobre pedazos de plata y oro, entre venas de lapislázuli, formaban caprichosos dibujos, como los arabescos de una mezquita, gran muchedumbre de piedras preciosas. Los diamantes, blancos y limpios como gotas de agua, emergían los iris de sus cristalizaciones[1]

El contexto subterráneo ofrece a la imaginación la posibilidad de la inventiva de cientos de posibilidades, en este caso los gnomos y sus actividades mineras, aquí se juega con la luz de los diamante y demás piedras preciosas, pero también el eco y los sonidos: “brotaba de trecho en trecho un hilo de agua, que caía con una dulzura musical, a gotas armónicas, como las de una flauta metálica soplada muy levemente.”[2].
El tacto es el sentido más antiguo y el más urgente, permite medir presión, temperatura, aspereza, suavidad o dureza, se trata del contacto directo del ser con el mundo, le permite materializarlo, confrontarlo y convivir con él, “Los sentidos no se limitan a darle sentido a la vida mediante a actos sutiles o violentos de claridad: desgarran en tajadas vibrantes y las reacomodan a un nuevo complejo significativo.”[3]
            En este caso convierte alcanzable el sentir en las palabras, centrándose en las texturas a partir de las texturas. En el cuento se narra la creación de los rubíes a partir de la mezcla de la bella sangre con el diamante. La sangre es bella pues se desprende de una bella figura. Cuando Darío convierte la descripción en sensación y permite el toque en la narración es con la descripción de la figura femenina: “Brazos, espaldas, senos desnudos, azucenas, rosas, panecillos de marfil coronados de cerezas; ecos de risas áureas, festivas; y allá, entre las espumas, entre las linfas rotas, bajo las verdes ramas...”[4]
La sensación del cuerpo es exterior, casi sensible pero siempre a través de la mirada. Se trata de aquel choque de un universo con otro, la concentración del placer por medio de la vista y concretización de la sensibilidad en algo descrito como puramente tangible. Darío vuelve a establecer la sensualidad en las palabras al describir el toque que conjuntan los amantes, pues la mujer estando en cautiverio mantiene amoríos con un hombre sin siquiera tocarlo:

Ella amaba a un hombre, y desde su prisión le enviaba sus suspiros. Éstos pasaban los poros de la corteza terrestre y llegaban a él; y él, amándola también, besaba las rosas de cierto jardín; y ella, la enamorada, tenía -yo lo notaba- convulsiones súbitas en que estiraba sus labios rosados y frescos como pétalos de centifolia. ¿Cómo ambos así se sentían? Con ser quien soy, no lo sé.

Aquí establece un contacto entre los sentidos. Dos seres que se sienten cerca de pensar de su lejanía y motivados sólo por la idea del otro. Verbos como “besar” se vuelven en extremo físicos; ciertas imágenes como “enviar suspiros” o aquellas “convulsiones súbitas” ayudan a este hecho, vuelven la sensación tangible y aunque este párrafo no esta exento de colores es la sensualidad del evento aquel que mueve la descripción.
Dolor, es la siguiente sensación marcada. Del desgarramiento de la piel nace la coloratura que enrojece al rubí, y el sufrimiento que conlleva trae consigo la belleza antes mencionada. Esos vidrios rojos que lleva consigo Puck, aquellos hechos de la mano del hombre y no a partir del dolor son desdeñados por los gnomos mineros. La historia de la creación del rubí se mueve de la innegable belleza de la mujer atrapada, observada, amada y amante de alguien hacia el dolor que implica el escape. La mujer es arrastrada hacia fuera por sus ilusiones y castigada por su belleza.

¡Ay! Y queriendo huir por el agujero abierto por mi masa de granito, desnuda y bella, destrozó su cuerpo blanco y suave como de azahar y mármol y rosa, en los filos de los diamantes rotos. Heridos sus costados, chorreaba la sangre; los quejidos eran conmovedores hasta las lágrimas. ¡Oh, dolor![5]

El hecho de destrozar su cuerpo, aquellas mismas palabras conllevan una carga semántica la cual hace gran diferencia de cualquier otra elección que pueda traernos el mismo efecto. La piel nos escuda del mundo, el abrirla significa un acto de violencia, cual puede ser fascinante en especial en la creación de belleza, como un choque, algo que va más allá de nuestra explicación. Tal belleza en vez de eludir las palabras se esconde de tras adjetivos impresionantes y vivos con cualquier puntuación, pues “La lengua está sembrada de metáforas que aluden al tacto. Las emociones nos “tocan” muy de cerca.”[6] Vuelve así, el autor, la lengua en su arma, poderosa y hambrienta de expresión, convierte el tacto en sublime y la violencia en belleza en forma de una piedra, un rubí.





[1] DARÍO, Rubén, El Rubí, consultado en: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/dario/el_rubi.htm
[2] Ibidem.
[3] ACKERMAN, Diane, Una historia natural de los sentidos, Anagrama, España, 1992, p. 15
[4] DARÍO, Rubén, Op. Cit.,
[5] Ibidem.
[6] ACKERMAN, Diane, Op. Cit., p. 93

jueves, 10 de diciembre de 2015

Porque no somos tan creativos como creímos

Alguna vez hubo una estudiante de letras que insistía en querer leer mi producción creativa. Que conflicto, porque yo no escribo para los estudiantes de letras, si acaso en algún momento que tenga que presentar un trabajo frente al grupo. Yo escribo para quien tenga el placer de leerme –a veces ni yo- pero ahí se encuentran mis aportes, si existe alguno.
Yo no tengo las pretensiones intelectuales para decir que ya existen muchos que creen hacer arte, que para hacer arte sólo necesitas un iphone y para escribir poesía sólo te hace falta una respetable ortografía; entonces ¿quién hace arte si lo artistas ya no leen, no estudian, no se cultivan?
¿Y nosotros qué somos como estudiantes de letras? ¿y qué estudiamos exactamente? Es lo que yo he intentado averiguar todos estos años; cómo no hacernos esa pregunta cuando llegan profesoras cuyo interés principal es hacerse un nombre en el mundo de la literatura cueste lo que cueste, y andar por ahí ganando premios, ganando becas, esforzándose por confundir nuestra forma de escribir. Profesoras que lleva escritores a clase a que nos hable de su proceso creativo; entonces ya no estudiamos literatura, estudiamos procesos mentales que llevan a la creación del arte, seguramente porque un autor nos puede hablar de su obra, de sus ideas, de sus decires, de sus métodos y ya no hace falta hacer ni un estudio critico, ni estilístico, ni teórico; para eso están los Borges, los Cortázar, no los literatos regionales.
¿Y yo para quién escribo? Yo, que he sido rechazada en congresos, coloquios, encuentros, revistas, concursos estatales, regionales, internos, escolares. Para qué me esfuerzo si mi escritura está repleta de ambigüedades innecesarias, si yo no me prostituyo pidiendo publicaciones en blogs, en revistas, buscando quien me haga una reseña, quien me invite a presentar un libro, a participar en un foro. En qué termina mi ejercicio como estudiante si me conformo con subir una foto a Instagram y espero que me lean los seguidores de mi blog, de mi tumblr, de mi Twitter. Lanzo mis ideas al espacio y nadie me responde.
Ya ni se puede hacer crítica si caemos en condescendencia. Nos presentamos frente a los demás y nos ahogamos en complacencias, al final el único aporte de la crítica es que no sabes puntuar. Las fibras emocionales a penas y se mueven cuando frente al grupo lo único que quieren oír son nuestras penas e inseguridades en forma de texto. Quién nos edita al final, qué aprendemos de todo esto si los que se dicen herederos de la literatura joven en México sólo se dedican a quejarse, ellos son poetas y nosotros no ¿qué derecho tenemos de congregarnos? ¿qué derecho tenemos de publicarnos? Al final buscas amigos en los bares esperando que alguien te diga: envíame lo que tengas. Ellos tienen revistas, los demás nos recluimos en un salón esperando a que nos feliciten por los ejercicios literarios que hacemos a las tres de la mañana. Y otros tantos, se jactan de tratar palabras rimbombantes y endecasílabos que ya nadie toma en cuenta. "Te publico y me publicas", mientras unos cuantos nos desgastamos frente al monitor sabiendo que ningún estímulo, ninguna beca, ningún cuate nos va a hacer el favor, porque no somos tan creativos como creímos.

La búsqueda de la identidad a partir de Las Batallas en el Desierto de José Emilio Pacheco

*Trabajo académico presentado para la clase de Literatura mexicana del siglo XX del noveno semestre de la licenciatura en Letras de la Universidad Autónoma de Zacatecas

       1.    La Ciudad
La poética de la Ciudad de México se encuentra en sus calles y sus transportes. Los recorridos de la ciudad en pleno año dos mil quince son un pasar y repasar la ciudad es un camino y respirado aliento. La narrativa de la ciudad es diferente a todas las demás pero como cualquier otra cuenta una historia de identidad. Todo lo escrito referente a la ciudad tiene una sensación diferente, porque se escribe desde la visión de un mexicano muy peculiar. El capitalino es la síntesis de varias descripciones culturales y así mismo una sola.
El rostro de la Ciudad de México, es un rostro marcado por la indiferencia que el tiempo le ha prescrito, los monumentos se caen y nuevos ídolos se erigen. La nostalgia del pasado que se olvida y se repite. Porque el mexicano, aún el que vive en la gran metrópoli es quien vive para aferrarse a una imagen romántica, aunque fuera falsa.  
Nuevos ídolos creados a partir de imágenes de la sociedad dividida y golpeada por conflictos, guerras y revoluciones. Tratan de sobrevivir a partir del estilo de vida nuevo e ingenuo de la sociedad naciente, que se esfuerza por no ser. La identidad del ser nacido en México está marcada por tantos eventos sociales, tantas razas distintas que le es difícil encontrar una en que sustentarse. Constantemente se pregunta quién es.
La producción literaria de José Emilio Pacheco –miembro de la llamada Generación de medio siglo-impregna su escritura de aquella visión cosmopolita inscrita en la literatura naciente mexicana. La ciudad es el nuevo escenario literario y la duda existencial del mexicano y su identidad plagan las cuestiones que motivan la creación en esta etapa del siglo XX
La novela corta Las Batallas en el desierto es el recuerdo del amor de Carlitos a Mariana, la madre de su amigo Jim. Habla del contexto sociopolítico del país durante los años cuarenta, donde había supermercados pero no televisión, sólo la radio, donde se tocaban boleros, canciones infantiles y radionovelas. La moral se cerraba a las ideas conservadoras con la intención de mantener el modo de vida impuesto. La prosa de José Emilio Pacheco nos habla acerca de un México en pleno desarrollo, de una sociedad dividida en dos perspectivas que se remiten a la historia del país pero que niegan dicho pasado. Habla del levantamiento de una clase media que ignora y desprecia las raíces del país. Apunta hacia una tradición nostálgica ante la pérdida de un México que ya no existe, que se acaba poco a poco.
La imagen de la ciudad respira en la narrativa de Las Batallas en el Desierto todo en la obra es capitalino, pero representativo del cualquier mexicano que la lea, aquel que rememora, que viaja, que se aleja, que nunca ha visto la ciudad, porque lo que aquí se dice esta vivo y es identificable para el mexicano que hoy vive como mexicano.
En la novela la guerra es un juego “Jugábamos en dos bandos: árabes y judíos. Acababa de establecerse Israel y había guerra contra la Liga Árabe.”[1] Es un juego porque es representación, se identifican explican su mundo. Hace poco sucedieron las grandes guerras, el estado persiguió a la iglesia y la convulsión del conflicto sigue fresca. Si existe la maldad en este universo recién creado, no está en la Ciudad de México, sólo existen las calles y las colonias vivas y bellas. Los recuerdos de la infancia. Las calles de la ciudad cambiante y viva. Espacio de absoluto aislamiento, lejos de la intervención divina o de los demás cambios del hombre, repasados y vivos del retrato. 

  2.    La Soledad
Una soledad poética remarca las descripciones. Se trata de una carta escrita desde el exilio emocional que implica la nostalgia, como un descargo de sensaciones hacia situaciones cambiantes que substituyeron las formas de vivir, que fueron derrumbadas para construir otras. “Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola.”[2] Esas, de las ultimas frases de la novela abren la cuestión: ¿Qué es el recordar sino un acto de aislamiento?
Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél? Así comienza José Emilio la descripción de su mundo antiguo, de su infancia pero también con el saber de que antes todo era más sencillo o así lo hacía parecer el mundo.
El mexicano es un permanente adolescente, dice Octavio Paz al comenzar El Laberinto de la Soledad, lo es porque nunca sabe quién es, trata constantemente de definirse, de comprenderse y de adaptarse. Como adolescente vive con miedo continuamente, un miedo a que lo descubran como indiferente, que noten que  no sabe quién es, que aún se busca dentro de sí mismo. Es un crecimiento fallido, porque viene de la negación, y es una verdad innegable que el mexicano desprecia lo que tiene a lado, que prefiere lo que viene de lejos, ese mundo que nos describe José Emilio. Pone en evidencia la necesidad de ser como otros países sin saberlo realmente, sin saber cómo es el propio. “Las circunstancias históricas explican nuestro carácter en la medida que nuestro carácter también las explica a ellas”[3] Por eso es importante recordar.
Si el ser que recuerda es solitario ¿en algún momento cambia su realidad? La reflexión implica compresión. El saberse solo en el mundo significa saberse, hacerse consciente de su existencia, “El hombre  es el único ser que se siente solo y el único que es búsqueda de otro. Su naturaleza […] consiste en aspirar realizarte en  otro. El hombre es nostalgia y búsqueda de comunión.”[4] Carlitos recuerda solo porque sabe que de aquellos días se le negó la inocencia y el contacto de un niño con la realidad, con el mundo, eran un contacto que lo alejaba de sus emociones, las trataba de perversas, es un tratamiento patético pero también moral.

3.    La Poesía
La forma de la novela tiene aspecto peculiar porque no hay guiones que corten la narración, se trata de frases que se cortan con puntos, que cambian de voces, porque en sí no hay diálogos se trata de una sola conversación interior desde el recuerdo de Carlitos y cada voz no es propia, es de la mente, está quebrada porque no es directa viene hilada desde la primera frase leída, es por eso que se siente como una sola. Es novela corta porque lo que espacio de tiempo que ocupa debe ser uno sólo en el día.
José Emilio fue poeta de amplia producción. Los estudios de su poesía la clasifican conversacional “parecer decir que se trata de una lirica de lo cotidiano, de lo claro, lo sentimental, lo irónico  y sobre todo lo social. Es un concepto amplio que abarca temas desarrollados por otras tendencias poéticas”[5] Tal descripción se puede aplicar a su narrativa, en particular esta novela. No podemos decir que no existe sonoridad en la prosa de José Emilio, que no existe belleza en sus descripciones, porque su mente poética está viva y respira, de igual manera la ciudad y la nostalgia están presentes en sus versos:
La ciudad en estos años cambio tanto
que ya no es mi ciudad
su resonancia de bóvedas en ecos
y los pasos
que ya no volverán

Ecos pasos recuerdos destrucciones

Pasos que ya no son. Presencia tuya,
hueca memoria resonando en vano
lugar que ya no está, donde pasaste,
donde te vi por ultimo , en la noche
de ese ayer que me espera en las mañanas
de ese futuro que pasó a la historia
de este hoy continuo en que te estoy perdiendo[6]

Se separa con tales versos al lector de la realidad. Está claro que la intención estética de José Emilio esta marcada por su poesía. Sus versos ofrecen un nuevo alimento a la preocupación el análisis de una obra de gran valor pero corta escritura como lo es Las Batallas en el Desierto, la mejor manera de decirlo es que el poeta/narrador “sí existe una voluntad de perfeccion...”[7] Un llamado al recuerdo y al tiempo:

Y cada que inicias un poema
Convocas a los muertos

Ellos te miran escribir
Te ayudan[8]


             4.    México de medio siglo
El mundo que muestra es identificable con el nuestro, de la actualidad porque realmente no hay cambio, no se ha trasformado tanto, en esencia constituye lo mismo, un desespero de identidad en un contexto que la rechaza constantemente. La descripción de la ciudad puede existir en correspondencia con la ciudad que se ve hoy en día, pero quienes caminan por ella han cambiado. Aunque los nombres sean los mismos, muchos significados se han perdido. Como al hablar de la colonia Roma, en como va a trayendo gente diferente: “Odiaba la colonia Roma porque empezaban a desertarla las buenas familias y en aquellos años la habitaban árabes y judíos y gente del sur: campechanos, chiapanecos, tabasqueños, yucatecos”[9], esto es una negación a la pluralidad de la ciudad, aquella que define la nueva naciente generación. Una representación y búsqueda de identidad del nuevo hombre de ciudad, la clase obrera, la nueva clase media: “Somos puritito mediopelo, típica familia venida a menos de la colonia Roma: la esencial clase media mexicana”[10]
Se trata de un mundo ingenuo cuya costumbre es alejarse de los problemas “La sociedad es un organismo que padece la extraña necesidad de justificar sus fines y apetitos […] enmascarados por la moral dominante”[11]. En unos años posteriores se habla del fin del mundo, es dado por hecho, porque las crueldades del pasado las justifican, pero a principio del recuerdo, después de la guerra en un país abierto a los extranjeros dentro de un régimen que los ciudadanos culpan por la miseria, la promesa de la prosperidad se presentaba con la entrada de nuevos productos e ideologías, claramente rechazando sus raíces:

“Llamé "indio" a Rosales. Mi padre dijo que en México todos éramos indios, aun sin saberlo ni quererlo. Si los indios no fueran al mismo tiempo los pobres nadie usaría esa palabra a modo de insulto. Me referí a Rosales como "pelado". Mi padre señaló que nadie tiene la culpa de estar en la miseria, y antes de juzgar mal a alguien debía pensar si tuvo las mismas oportunidades que yo.”[12]

Tal ideología ingenua de la época rechaza los sentimientos de Carlitos. Es una historia de rechazo Las Batallas… se rechaza al pasado, se rechaza a los compañeros de juego, se rechaza la identidad, se rechaza el sentimiento. “El mexicano se esconde bajo muchas máscaras…”[13] porque es justamente el rechazo de sí mismo. Aunque en ciertas situaciones arroje tales mascaras, en lo practico permanece escondido tras sus inseguridades y su búsqueda.


         5.    La fatalidad del alma
El estado del alma que se experimenta es el padecimiento, filtrado en cada palabra escrita por José Emilio, su obra de arte es un reunido de padecimiento, los vértices anteriores del triángulo guían sus líneas por el padecer y cada sensación es remarcada porque es vuelta a experimentar, una historia que se repite y de la que es imposible escapar. La obra trae consigo desesperación y añoranza, como un nudo en el estómago de impotencia, impotencia sentida al volver por la calle y no encontrar rastros de aquella persona que trajo tanta felicidad, tantas sensaciones tan bellas como incontrolables.
Cada experimentación de Carlitos era un constante padecimiento, y así lo nombra: padecía. “El amor es elección. Libre elección, acaso, de nuestra fatalidad, súbito descubrimiento de la parte más secreta y fatal de nuestro ser”[14], era un ser infectado, enfermo de sus sentimientos, provenientes de los rincones más puros del alma humana, sin un dejo de perversión sólo aliento de vida. Una emoción tan fuerte que sólo puede vivida en cada respiración y debe ser sufrida por ella:
“¿Cómo puedes haberte enamorado de Mariana si sólo la has visto una vez y por su edad podría ser tu madre? Es idiota y ridículo porque no hay ninguna posibilidad de que te corresponda. Pero otra parte, la más fuerte, no escuchaba razones: sólo repetía su nombre como si el pronunciarlo fuera a acercarla.”

Puede haberse tratado de un rechazo pero también de entrega total Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo. Es nuevo ser abierto al mundo está dispuesto a liberar sus sentimientos de manera sencilla y simple, sin miedos, sin desprecio y es porque “defender el amor siempre ha sido una actividad antisocial y peligrosa”[15] que termina rechazado por su sociedad, por la escuela, incluso por su familia, que lo consideran anormal y diferente, ven perversión en sus actos de amor, ven pecado en sus confesiones “Para realizarse, el amor necesita quebrantar la ley del mundo. En nuestro tiempo el amor es escandalo y desorden, transgresión…”[16] y Carlitos ha trasgredido, ahora ve el rechazo negación de su nuevo estado como ser humano que siente, que vive que respira. “Lo único que puede es enamorarse en secreto, en silencio, como yo de Mariana. Enamorarse sabiendo que todo está perdido y no hay ninguna esperanza.”
Lo que se expresa la novela de principio a fin es melancolía. Llamadas del pasado hecha relato, tristeza combinada con pasión. La adolescencia es ruptura con en mundo infantil, es justamente la vida que trata desesperadamente de hallarse y hallar sentido en su desesperación, una conciencia de singularidad. El mundo adulto, es la promesa ingenua de prosperidad  cambiada por el silencio momento de pausa ante el universo, una conjunción social que cambia pero se esfuerza por no recordar.





[1] PACHECO, José Emilio, Las Batallas en el Desierto, Editorial Era, México, 1981 (Versión en PDF), p. 3
[2] ibíd.,. 30
[3] PAZ, Octavio, El Laberinto de la soledad, Ediciones Cátedra, Madrid, 2013, p. 209
[4] ibíd., p. 341
[5] OLIVERA-WILLIAMS, María Rosa, La Ciudad de la memoria de José Emilio Pacheco, Universidad de Notre Dame, Versión en línea, p. 440
[6] PACHECO, José Emilio, El reposo del fuego, FCE, México, 1996, p. 57
[7] OLIVERA-WILLIAMS, María Rosa, Óp. Cit., p. 442
[8] PACHECO, José Emilio, Irás y no volverás, México, FCE, 1973, p. 105
[9] PACHECO, José Emilio, Óp. Cit., p. 5
[10] ibíd., p. 11
[11] PAZ, Octavio, Óp. Cit., p. 348
[12] PACHECO, José Emilio, Óp. Cit., p. 3
[13] PAZ, Octavio, Óp. Cit., p. 340
[14] ibíd., p. 344
[15] ibíd., p. 349
[16] ibíd., p.345