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sábado, 3 de diciembre de 2022

¿Qué es eso de escribir una tesis?

Siento que llevo años tratando de sentarme a escribir, quería que fuera mi oficio... o eso creía. No se si nada de lo visto durante cinco años de carrera permanezca, pero llevo al menos tres años consecutivos revisando bibliografía y estructurando ideas, parafraseando, recortando, pegando, revisando citas e inventando títulos pomposos. Es satisfactorio sacar algo puramente tuyo, inventarte un índice y una dedicatoria. Demasiadas páginas atoradas y por corregir.

No solo me he puesto a escribir lo mío, me he dedicado a revisar, corregir y complementar lo de otros tesistas, los he visto pasar por exámenes de grado sin yo poder hacer lo mismo. Muy pocos se han tomado el tiempo de agradecerme, mencionar o festejar conmigo ¿voy a escribir tesis toda mi vida? ¿Debo ir pensando en un doctorado?


viernes, 22 de noviembre de 2019

Dile que sí

Recargar una guitarra acústica en una esquina es un elemento ornamental perfecto como fondo de selfie, grabar un video o invitar a una chica linda a tu cuarto, de la misma manera que enriquecer una biblioteca con libros que nunca se han leído y que sin embargo su naturaleza canónica los vuelven una pieza imprescindible de la antes mencionada biblioteca.
Par mí, más allá de la pretensión que significa llamarte músico o lector ávido, existe otro discurso tal vez más snob, tal vez más noble, que es el aceptar tal ornamento no para presumir de lo que sabes tocar o de lo que has leído sin que ninguna de estas dos cosas sea verdad, sino hacer saber a todos que aceptas que la cultura misma es hermosa y vale la pena hacerle un pequeño altar en tu santuario que es tu cuarto o tu librero. Es decirle al mundo: “no sé tocar, pero me encanta la guitarra como objeto, me encanta la gente que sí la toca, me encanta tanto lo qué se ha hecho con ella en la música del siglo XX, que la tengo aquí en mi cuarto como emblema de todo eso, aunque nunca se halla tocado en la historia”. Por eso, creo yo, la gente recarga guitarras en la esquina de su cuarto, o cuelga Les Paul sunburst en la pared, porque es algo demasiado genial para hacerle no un monumento.
Lo mismo sucede con los libros que nunca leemos pero que curamos cuidadosamente para acompañar los que sí leímos en nuestro librero. Habla de nosotros, de lo que entendemos por literatura, por lectura, lo que esperamos leer, y lo que sabemos que nunca leeremos pero que son bellos. ¿Es todo esto una exageración y ensalzamiento del consumismo? Lo que es cierto es que los objetos cuentan historias y aquellos que elegimos con atención para adornar nuestro espacio dicen más de nosotros de lo que imaginamos. Hay que recordar que nuestro cuarto es una proyección de nuestra mente.

miércoles, 5 de julio de 2017

De huecos pamboleros


Es algo tarde para hablar de futbol, pero el verano aún no ha terminado. Debo decir que soy aficionada al deporte, me entretiene verlo; no lo practico, pero tampoco creo que sea un cáncer creado para sacar las peores actitudes del ser humano, ni un medio de distracción para las masas (aunque a veces tenga esa función). Me gusta verlo, me emociona ver a mi equipo jugar, y lo sufro, tanto que prefiero alejarme en situaciones extremas hasta que mi presencia sea absolutamente necesaria –porque me lo demande mi afición–. Este entusiasmo por el deporte es propio de mi familia, no nos fue inculcado con horarios y programaciones, fue algo que nació de la observación, algo que mamamos del seno familiar; un ritual que permitía que cualquier rencor, enojo o preocupación desapareciera, que como familia nos salvó de oscuros momentos, que aún hoy nos da razones para reunirnos, desayunar juntos o comentar durante la sobremesa, tanto así que una de las pocas fotos familiares que existen nos muestra a todos usando el jersey de los Pumas.
Mi padre fue el primer entusiasta. Él alimento su pasión con la experiencia de las pequeñas pandillas jóvenes en la vecindad; lo llevó hasta el estadio, le permitió ver al mismísimo rey Pelé en el mundial de México 70; lo arrastro hasta las  pasionales hinchas, dónde llevó a sus hermanos y después a sus hijos. Egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México, apoyó en todas sus disciplinas a su alma mater. Los Pumas eran su orgullo, sus desplantes de furia y de sus preocupaciones, fue justamente eso lo que nos heredó.
Ver a Chile jugar la semana pasada fue uno de esos momentos en que puedes genuinamente emocionarte por el deporte, y sufrir cada oportunidad de gol desperdiciada. Puedes ver la pasión en la cara de los jugadores, ese poderoso empuje que termina golpeándose de cara ante la imposibilidad, ante el orden tan natural de una selección como la alemana. Es el juego en su estado frío y calculador, pero al mismo tiempo en su versión más efervescente, más furiosa. Un partido digno para cualquiera de los dos, una final en la que las lágrimas no faltaron y el pasto se llevo más de un golpe.  Después el tema del análisis es el México ostentador del cuarto lugar, que se vio casi ahogado en más de una ocasión y que dejó que una poderosa Alemania le pasara por encima ¿para qué vino hasta acá? ¿por qué no puede tomar un lugar junto a los grandes o aspirar a eventos heroicos?  ¿Mejorará algún día? Yo no soy optimista.
El futbol mexicano no es motivo de orgullo. Está podrido en su núcleo y nunca se recuperará. Se alimenta de la corrupción como cualquier otro representante nacional, como el gobierno mismo que personifica. Es una mentira del mismo sistema de futbol mundial, que le hace creer que es una selección importante, poderosa, histórica y necesaria, puede que todo esto sea cierto, pero como enorme aportador de dinero, riqueza que nunca sabemos de dónde viene y termina en los bolsillos de unos pocos, a cambio de la pasión y la “esperanza” de un país. El futbol mexicano carece de identidad porque nace de un país que aún no ha superado su complejo adolescente, que le cuesta comprender su historia, que trata caricaturescamente sus símbolos nacionales, que se hunde en su propia putrefacción. Cada equipo que adoramos incondicionalmente tiene tras de sí la sombra de dos televisoras, que alimentan su poder con la afición de la población, la más humilde y honesta, así como la sombra de una federación impulsada por compadrazgos: conveniencias que terminan por truncar el talento y los sueños de los jóvenes que son desplazados para que unos cuantos sudamericanos cobren un poco más, para inflar aún más los bolsillos de quién sabe quién y consumir ese futbol mexicano que se jacta de ganar una copa de oro, que se frustra por no poderle ganar a Argentina o a Alemania, que no ha podido nunca ganar un partido de eliminación directa en un mundial. Ese es el legado del futbol mexicano, un legado de mediocridad que trae consigo millones de dólares.
La próxima vez que veamos a México jugándosela en la cancha, enredándose con sus propios pies estaremos viendo el resultado de una identidad truncada, incapacitada que da mucho poder a la hegemonía de las televisoras, que sí realza los sentimientos patrióticos empujados al fondo durante las ceremonias de honores a la bandera los lunes. Hipocresía es lo que se respira en el Estadio Azteca, tal vez el único momento en que puedan entonar el himno nacional con orgullo, tragándose ese teatro fácilmente, permitiendo esa suciedad siempre y cuando les permitan gritar: ¡Puto!

lunes, 17 de abril de 2017

¿Cómo le he hecho para escribirme de esta manera?

Llevo casi nueve años con este blog. Ha sido tan inconstante como solamente yo puedo serlo. Ha tenido muchas formas y ha pasado por varías etapas, tan ingenuas como deben ser, tan perfeccionistas como lo es permitido, tan vacías como la actividad de describir la vida de una chica puede significar. Aquí hay anécdotas, opiniones, ensayos, cuentos, poemas, testimonios, reflexiones y confesiones. Lo creé en 2009 porque necesitaba existir en algún lado del internet, necesitaba ser, y tener un referente para cuando alguien me preguntara quién soy y cómo puedo definirme. En ese entonces no existía Facebook, no había un algoritmo que te indicara qué debe gustarte o quiénes deben ser tus amigos, debías esforzarte por hacerte de una voz y blogger era la opción más sencilla. Hoy hay tantos opciones para dejar salir las ideas y opiniones sin discriminación alguna. 
Claro que en 2009 existía fecebook, pero en México era algo ajeno todavía, sólo unos cuanto jóvenes se aventuraban a ese mundo que prometía lo que prometieron Myspace o Hi5 antes, de alguna manera lo hacía más sencillo. Por esos años fue que abrí Facebook también, pero no me atrevía a vaciar ahí mis inquietudes, después poco a poco me animé, pero no me llevo muy lejos. Hoy en día, lo abro por inercia, difícilmente escribo algo personal, casi no interactúo, me limito sólo a compartir cosas que me interesen leer más adelante y a actualizar mi foto de perfil y portada. Sigo atada a este blog, es de los pocos referentes de lo que soy, aunque no he sido completamente honesta todo el tiempo. Deseo de hacerme de una voz que impulse a los demás a leer, a comentar, pero hace falta tanto. Perdí lectores cuando cambié la dirección para que encajara con el resto de mis redes sociales, en cierta forma eso también es construcción de identidad. Busquen the bleu velvet en google y me hallaran sólo a mí.  
Sólo me queda esperar por otros ocho años, que siga existiendo blogger, que quede este testimonio de que alguna vez existí. Dejen comentarios de sus inquietudes, quién quiera que esté para leer esto.

martes, 15 de noviembre de 2016

De todas las fiestas del mañana hasta la casa de la diversión


La música, la verdadera música no sólo el Rock & Roll, te escoge. Vive en tu auto, o vive sola, en audífonos con los vastos puentes escénicos y coros angelicales en tu cerebro…
-Casi Famosos


El arte se impone por una fuerza superior incomprendida, los mortales no lo nombran. Nadie dice que está bien escuchar y que no, se convierte en una convención.  Aun así, hay personajes de dudosa procedencia reclamando que ya no se debe escuchar a las bandas clásicas del rock, que ya se ha hablado mucho al respecto y se ignoran las nuevas propuestas, pero no es necesario sacrificar una opción por otra, se puede aprender tanto del pasado como del presente; la universalidad radica en que le dice algo válido y real tanto en su momento como todos estos años después.
No podemos reclamarle la trayectoria o longevidad a la música. Dos álbumes son más que suficientes para ganarse la inmortalidad si el trabajo lo merece, lo que otros no pueden lograr en sesenta años; sin embargo actualmente los músicos despilfarran sus ahorros y derrochan su habilidad tratando de ganar el tan ansiado reconocimiento, porque se lo merecen, porque pasaron años estudiando o “matándose de hambre” creando vigorosamente por obtener esos castillos que otros músicos no tan sobresalientes sí tienen, aun así su arte no perdura ¿por qué esas canciones tan simples inundan el gusto de la gente? ¿es que la gente no entiende? Lo que pasa es que el público no lo entiende en cuestiones matemáticas y cerebrales, sino viscerales y empáticas, en lo más insondable de su ser y se funde con ello, es por eso que las grandes canciones de la música popular son tan simples en su estructura, porque son fondo y no forma, hablan de tristeza, dolor, indignación o de un hombre con una botella de whiskey abandonado por su chica, tan simple y universal que nos hace cantar con ellos. Viene desde las entrañas y le grita en su cara a quién no soporte o entienda su dolor. No le reclames a la música si tú no estuviste dispuesto a venderle tu alma.

Yo no impongo el arte pero sí decido que escuchar, aunque haya sido la música la que me eligió a mí, soy yo quien encumbra sobre las demás y es ese el orden de importancia el que yo impongo –no frente al mundo sino frente a mí misma– y escribo al respecto. Fue así que un terrible conflicto causo en mi hermano –un asiduo melómano, entusiasta indiscutible del rock– escuchar mi decisión de nombrar a Fun House (The Stooges, 1970) el mejor álbum de los setenta siendo que en esa década se editaron varios de los mejores discos del rock. Fue en esos años que se maduró el género propiamente y dio nacimiento a una línea de influencias y subgéneros que siguen directamente hasta la actualidad. Tenemos una década con un Who’s Next?, un Led Zeppelin IV, un Dark Side of the Moon, un A Night at The Opera, un Black Sabbath y la lista continua ¿Cómo un álbum editado en 1970, por una banda que todo el mundo parece olvidar puede ser el mejor de aquella excelente década?
Homero Simpson lo dijo primero: “El Rock alcanzó la perfección en el ’74, es un hecho científico”; sin embargo él estuvo ahí, fue sencillo para él afirmar que aquella música, aquellas bandas fueran las definitivas. Respiró de esas olas de genialidad apenas distorsionadas por la naciente industria masiva o el video musical. Escuchar música entonces era un ritual: ir a la tienda de discos, buscar desesperadamente por aquello de lo que sólo habías escuchado rumores, escuchar un disco una y otra vez hasta que se moldeara con tu cuerpo, hasta que fuera tan natural tenerlo presente en los pensamientos, hasta que se uniera a ellos. Alguien de mi edad no puede entenderlo completamente. Yo lo vi primero en Casi Famosos, una historia de viajes y música, un sueño inalcanzable para tantos. El papel del crítico de rock era importante en aquella época, establecía los patrones de impresión, si escribieron sobre una banda, un álbum, es más fácil de conseguir,  y principalmente es saber de su existencia. Eso ya no pasa, las publicaciones de rock están prácticamente extintas, el lugar del crítico ha sido usurpado por cualquiera en Facebook, con un espacio en la red; sin embargo aún hay voces que vale la pena escuchar, sólo es cuestión es escavar profundamente.
Es muy fácil para  los jóvenes reclamar que se siga hablando de las mismas bandas de hace cuarenta años, que se sigan escuchando las mismas canciones, somos esa generación harta de las escalera al cielo que Led Zeppelin prometió; es muy cómodo para algunos utilizar palabras como ‘sobrevalorado’ con tanta ligereza, sin embargo, en verdad nosotros no estuvimos ahí, no pasamos por esas experiencias, no fuimos rescatados de rincones oscuros por una canción. Esta generación no es capaz de comprender completamente, lo que la música significa para el alma. Claro que aún hay quienes sienten esa empatía por la música, aunque no hayan pasado atropellos para descubrirla; personas que a pesar de juventud todavía afirman que una canción puede salvar una vida y que una gran banda puede salvar al mundo.
Estoy siendo prejuiciosa, pero no me he salvado de esas opiniones cuando la gente se autoproclama fan de tal o cual personaje porque vino a este país o porque murió recientemente, desearía ver honestidad (seguramente debe haberla) en el amor que profesan, pero ya no me quedo lo suficiente para averiguarlo. Compartir una canción, elegir una portada de Facebook no es tan poderoso como escuchar a tu hermana hablar de la misma banda por tres semanas –al menos esa es la reflexión a la que espero llega mi hermano–. Pero no hay nada más poderoso, más significativo que el descubrir música nueva, aunque lleve más de cuarenta años existiendo, es un golpe de realidad hermoso por sí mismo, porque el mundo se ve diferente, de eso se trata el arte. Una pieza tan maravillosa que cambia a la persona que la enfrenta, esto puede hacerlo cualquier producto cultural, si se le permite.
La belleza de Fun House está en su simplicidad, en su crudeza. No hay nada que se escuche así. No hay nada que te engulla como lo hace este álbum. Ese ritmo desvergonzado, tan agresivo, tan sexual, tan Rock & Roll, te escupe toda su repugnante belleza. Cambió el sonido, cambió perspectivas, permitió que tantos otros tomaran una guitarra y gritaran sus propias consignas, porque se puede, se puede ser honesto y brutal, y cuasi poético al mismo tiempo. Una de esas creaciones que inspiró a todo aquel que lo escucho, aunque haya sido un grupo reducido, nació una nueva oportunidad en cada uno.
Escuchar Fun House de principio a fin y dejarte fundir en aquellas líneas de bajo y los agresivos aullidos de la voz es una experiencia nueva; tan nueva porque no hallas esa fuerza en la música actual, que el algún punto se volvió tan complaciente, tan sosegada; algunas veces encuentra energía y aprendizaje pero este puede diluirse por la sobreexposición de alternativas, hay tanto con que callar tal o cual canción. Sin embargo Fun House te obliga a escuchar hasta el final, te atranca al sonido y no te suelta. Pretende que vuelvas a entender el Rock & Roll como lo que siempre debió ser, nada complaciente.
¿Por qué no puede ser Fun House el mejor álbum de aquella década? Es cierto que se hicieron tantas cosas, tan perfectas como lo exigía la época, tan brillantes como debía crearse con ese rebosante talento, pero si mi afirmación aleja un poco a los oídos acostumbrados de aquellas ideas preconcebidas y permite enfrentarse a una nueva definición de lo que etiquetan como Rock, de lo que llaman las mejores bandas de la historia; si esos oídos están lo suficientemente dispuestos a escuchar de verdad, a resignificar lo que lleva años en sus audífonos entonces vale la pena decir que Fun House es el mejor álbum de la mejor banda que existe, porque si es así para quien escucha entonces es verdad.


sábado, 2 de mayo de 2015

Encontrándose en la traducción: perspectivas del doblaje de voz



*Trabajo académico presentado para la materia de Sociolingüística, del octavo semestre de la Licenciatura en Letras, en la Universidad Autónoma de Zacatecas.




1. El ataque
“Hashtag contra la intolerancia” es el grito de guerra que cierto noticiero matutino expresó al dar a conocer las declaraciones de un tanto conocido actor hollywoodense hacia cierto director de nacionalidad mexicana recientemente ganador de un premio de particular renombre. Para parafrasear la situación, el mencionado actor manifestó que el que alguien cuya lengua nativa fuese el español, pudiera reunir dos palabras como “genocidio cultural” en inglés, ya demostraba una resaltante inteligencia. Claramente los comentarios al respecto se volvieron violentos, si se puede decir; el término racista no se alejó de las manifestaciones en contra de tal actor y en contra de la industria que representa; la defensa natural de la patria, la nación, de la identidad y hasta del idioma llenaron los espacios electrónicos dedicados a la manifestación de nuestras opiniones pasionales y subjetivas ¿acaso arremeter contra nuestro idioma no es arremeter contra nosotros? ¿no es algo natural aquella reacción? Porque más allá de lo que aquel director cinematográfico pudiera argumentar, la afrenta era para todos nosotros, los hablantes nativos del español, algo que va mucho más allá de la nacionalidad del hombre al que se respondía, incluía a gran parte del continente, a una cantidad considerable de la población mundial; y más aún si se resalta el hecho de que las palabras “genocidio cultural” no se escuchan muy diferente entre el inglés y el español.

2. Alguna que otra terquedad
Tal vez aquellos comentaristas que expresaron su opinión al respecto, que llamaron racista al enunciador de tal comentario, no lo hicieron en la clara manifestación de su orgullo lingüístico, no pensaron en los millones de hablantes que englobaba y la identidad lingüística que despreciaba ¿no es éste acaso el mejor ejemplo de prejuicio lingüístico? Y ahora ¿qué sucede cuando esos millones de hablantes llenan de prejuicios su propia lengua?
Claro, está el roce entre las lenguas y los hablantes de estas, en la creencia de que existen algunas mejores que otras, con sus respectivas razones –si es que las hay– y sin embargo los hablantes pueden, dentro de su misma lengua, ser prejuiciosos entre ellos, así al defender su lengua de los ataques extranjeros, la mutilan, la excluyen de sus variantes y estereotipan a las mismas; porque el hablante nativo del español al que se hacía referencia no era aquel de la Patagonia, era el mexicano o así nos lo quisieron hacer ver; justamente ahí está la exclusión, el hombre de Valencia, España, no lo sintió personal, ni el ejecutivo de Buenos Aires, pero sí fue así para el estudiante de ingeniería del Estado de México, para los tuiteros del D.F. o los blogeros de Cuernavaca. ¿Cómo podemos negarnos a la convivencia, a la inclusión si negamos como integrador aquello que más nos identifica: La lengua?

3. La voz ajena como identidad
Hay un pequeño rincón dentro de la nueva cultura occidental, el cual se encuentra entre nuestras diferencias, que hasta hace algunos años estuvo alejado de tales mutilaciones; un pequeño detalle dentro de la industria y la distribución cinematográfica-imperialista que ha sido olvidado por estudiosos y observadores, que se ha retomado por la nueva horda de fanáticos durante los últimos años; aquella expresión artística y rama de la actuación que si bien lo identificamos como algo cien porciento mexicano, también dotó de una identidad particular a todos los hablantes del español durante un periodo de la historia, incluso a aquellos cruzando el Atlántico: hablo de la transferencia lingüística sincronizada, un nombre bastante elegante y técnico para el comúnmente conocido como “Doblaje de voz”.
Aquello que llama mi atención sobre este acto es lo inclusivo que fue durante mucho tiempo con las diferentes variantes del español, gracias a la existencia del doblaje llegó a hablarse de un “español neutro” de una lengua propiamente reconocible para todos sus hablantes, que dejaba de lado los localismos, los acentos y proponía la unificación de nuestra lengua, sin embargo el gran problema de este proyecto era el producto que estaba unificando y el por qué.
El hablar por otros no es algo nuevo en la humanidad, pero aquello a lo que hoy en día se le presta voz es producto manufacturado creado para el consumo masivo, el producto audiovisual, su venta y distribución. La identidad que se defendía líneas atrás no existe propiamente si aquello que se integra por la última versión en español es un producto de otro contexto, de otra idiosincrasia, de otra visión de mundo, la cual manifiesta en el uso de la lengua en el que fue creado. Hace más de medio siglo Jorge Luis Borges hablaba con desprecio de este joven fenómeno:
El arte de combinar no es infinito, pero suele ser espantoso. […] ahora la cinematografía acaba de enriquecer ese vano museo con “el doblaje”, un artificio maligno que combina las facciones de Greta Garbo con la voz de cualquier dulcinea española. ¿Cómo no quejarnos ante ese prodigio penoso, ante esas anomalías fonético-visuales?[1]

Es de esmera curiosidad que una mente tan brillante ponga tal atención a algo tan nuevo y quizá hasta banal. Eso que yo considero atrevido y sano para nuestra lengua, Borges lo encontraba aberrante, pero no por lo que significaba para el español sino aquello que le hacía a la “obra de arte”; es un argumento que aún defienden muchos detractores del doblaje de voz, lo mutilante que puede ser con la obra. Para mí siempre significó un producto diferente, independiente de cualquier juicio estético anterior.
Algún argumento tajante para justificar al doblaje dice que si no se deben doblar películas, no se deben traducir libros, esa defensa ya fue refutada por el mismo Borges: “Quienes defienden el doblaje razonarán que lo mismo se le puede objetar a cualquier otro ejemplo de traducción. Ese argumento desconoce, o elude, el defecto central: el injerto arbitrario de otra voz y de otro lenguaje”[2]. Sin embargo la idea de injerto, aunque no equivocada, escapa de una mucho más amplia que define esta práctica. Después de todo ese hecho que daba entrada a los apasionantes comentarios del autor significaba una industria creciente pero no falta de orgullo, que justo en esa época veía su etapa más prolifica y de más alto estandar en nuestro país. Salvador Najar, actor de doblaje, conocido por ser la voz de la rana antes llamada René y del eufórico tigre Toño, en su libro Doblaje de Voz: Orígenes, personajes y empresas en México, defiende su profesión del anterior comentario:   

Sin embargo, si se observa el asunto con mayor detenimiento, se encontrará que el doblaje a otros idiomas es un fenómeno multifacético y que en él se hallarán todos los aspectos simples y complejos, propios de cada civilización, ya que, igual que la traducción de libros (y debido al universo temático y de influencia que ambas formas de transferencia representan), el doblaje puede ser visto como un fenómeno artístico, ideológico, cultural, social, político, científico, histórico, comercial, religioso, lingüístico, laboral, entre otros.[3]

4. La voz para vender
El doblaje de voz ya se ha utilizado como una herramienta de identidad nacional, cuando en algunos países como la Italia fascista, estaba prohibida la proyección de cintas en otro idioma que no fuera el italiano. Antes de eso como un método de comercialización y distribución  cinematográfico, “útil herramienta cotidiana recuperó para Hollywood el control de la universalidad perdida con el cine hablado”[4], el verter cualquier película a otro idioma, lo cual, aunque relativamente nuevo lleva con nosotros de manera formal casi un siglo. “Ya para 1929 surge la aplicación práctica del doblaje de la voz como transferencia lingüística sincronizada”[5], cuyo propósito en su forma más básica es simplemente dar mayor alcance a un producto. Como ejemplo, hasta hace poco era ilegal que películas animadas se proyectaran en inglés, por la crencia del carácter infantil de éstas.
A pesar de tratarse de una práctica tan común y tan natural, no sólo en un sentido económico, constantemente se aludía al doblaje hecho en México como el mejor del mundo, y aunque la calidad no se encuentra deficiente actualmente, la apertura de otras industrias pone en duda tal afirmación. Desde los años treinta hasta mediados de los años noventa, la excelencia era insuperable. El doblaje orgullosamente mexicano –como se conoce en la industria –hizo gala de la peculiaridad propia de la nación y de su identidad para apropiarse de los títulos producidos en Estados Unidos, convirtió a los Flinstones en los Picapiedra, a Top Cat en Don Gato por poner algunos ejemplos.
Haciendo uso de coloquialismos, localismos y la idiosincrasia propia de la región, convirtió el entendimiento de las obras en algo latinoamericano; así esa habla mexicana pasó a una universalidad irrepetible, convirtió el acento “neutro” en el reconocido para todos los hispanohablantes. Durante un momento todos los hablantes nativos del español reconocían las mismas palabras, los mismas ideas y a los mismos personajes.
Antes de los años noventa no había un doblaje particular y exclusivo para España, muchas de las cosas que se doblaban aquí, en Puerto Rico o en Los Ángeles llegaban intactas a este país, claro que esa forma tan diferente de su lengua terminó por separar más aun los continentes, crea la aún más notoria diferencia entre el “español latino” y el “español de España”. Los latinos defendían la neutralidad de su doblaje y los españoles reprochaban la falsedad de éste; aún ahora es tema de fuertes discusiones en la internet, defender su identidad nacional a partir de su lengua y ésta a partir de su doblaje de voz.

5. La identidad y el doblaje de voz
Retomando a los productos estadounidenses apropiados ideológicamente por la lengua el más claro ejemplo es la serie de televisión Los Simpson, un producto puramente americano, que expresa los valores de aquella sociedad, los critica y los trasgrede; y aún así es Latinoamérica la región del mundo que más consume y disfruta esta creación. Es esa apropiación que define la sociedad mexicana pero que la identifica con el resto del continente. Son sociedades muy diferentes las que conforman Latinoamérica, no obstante encuentran unión en el hablar neutro de los personajes, que no son de ellos y que no responden a ninguna de sus necesidades.
Tratar ese idioma particular que sólo se habla en el doblaje es un punto interesante ¿realmente es posible que esta rama de la actuación en su afán de alcanzar más público creara su propia variante de la lengua? De ser una variante más del español, existen ahí un sinfín de posibilidades por analizar. Salvador Najar explica que este fenómeno no es propio de doblaje hecho en México, es un acontecimiento que responde a cualquier lengua con una gran variedad de acentos. Lo describe: 
    
El concepto de acento neutro es fácilmente confundible con otra norma de la misma época, el castellano neutro, que no se refiere al acento de los actores sino al lenguaje utilizado por ellos, al uso de un idioma castellano pretendidamente universal, que selecciona las palabras y nombres más comprensibles para todos o para la mayoría de los países en los que se habla dicha lengua.[6]

Este concepto acarrea la idea de que aquí en México como se realiza ese español “neutro”, son los mexicanos quienes de hecho hablan el español definitivo y correcto. Sin embargo Salvador Najar esclarece que este nuevo “dialecto”, no tiene nada que ver con la nacionalidad que lo produce sino como una necesidad del distribuidor para todos los hablantes del español:

En cambio, ese otro lenguaje raro, ha terminado por ser un dialecto particular, propio solo del doblaje de transferencia lingüística; un fenómeno general de traducción devaluada que se manifiesta en todo el mundo y no únicamente en el doblaje a nuestra lengua […] Con respecto al buen uso del idioma -el mal llamado e inexistente español neutro-, es innegable la gran dificultad que representa el traducir bien y adaptar en un castellano erudito y, a la vez, popular.[7]

Este fenómeno de la traducción sucede de una lengua extranjera a la nuestra y a causa del amplio mercado al que se refiere: Latinoamérica, pero el verter el español en cualquier producción implica mucho más que el simple traslado entre idiomas, la adaptación de conceptos, pero eso incluye la adaptación a la actuación, al ritmo, la respiración, la intención y el movimiento de los labios, así como también exigencias propias del medio como “la pronunciación perfecta de las palabras y de los nombres extranjeros, pero no dichos como suena su escritura en español, sino en la forma como se pronuncian en su nación de origen”[8], todos esos elementos que convierten al doblaje de voz en el injerto mencionado anteriormente pero que también condiciona la elección lingüística que la diferencia del habla común y corriente.

6. Para finalizar
Hace algunos años la actriz María Rojo en su periodo como senadora del PRD tuvo la obtusa idea de proponer la ilegalidad del doblaje de voz, con el argumento de que esa “viciosa” práctica quitaba público y valor al cine mexicano hecho en español, sobra decir que esa exagerada idea no dio frutos, pero puso en consideración de sindicatos y asociaciones el valor de este producto orgullosamente mexicano que sirve de representante de nuestra lengua y su variante “neutral” en el resto del mundo hispánico. Lo que es claro es que el doblaje en español se produce y consume en todo el continente y sin embargo las otras industrias no logran deslindarse de su acento, no logran apropiarse de los productos identificando a toda Latinoamérica, con sus claras excepciones.
Manifiesto aquí mi propia predilección por el doblaje hecho en este país, el cual aún considero el mejor del mundo y que defiendo en cualquier oportunidad como creador de identidad lingüística y representante de una muy válida profesión que solo obtiene cariño y admiración en su representación en español.




[1] Alguien, Borges sobre el doblaje cinematográfico, revisado en http://algundiaenalgunaparte.com/2009/01/25/borges-sobre-el-doblaje-cinematografico/
[2] Ibídem.,
[3] NAJAR Salvador, El doblaje de voz: Orígenes, personajes y empresas en México, 2008, Versión en línea, p. 29
[4] Ídem, p. 108
[5] NAJAR Salvador, El doblaje de voz: Orígenes, personajes y empresas en México, 2008, Versión en línea, p. 28
[6] Ídem, p. 152
[7] Ibídem.,
[8] Ídem, p.154