Nos vamos a quedar sin leche... compramos dos litros. Abrí un paquete de galletas. Escuchamos un disco.
Hablamos hasta las tres de la mañana.
Salimos a caminar.
¿Por qué no estamos ahí? ¿Por qué no fue suficiente?
martes, 5 de mayo de 2020
viernes, 22 de noviembre de 2019
Dile que sí
Recargar una guitarra acústica en una
esquina es un elemento ornamental perfecto como fondo de selfie, grabar un video o invitar a una chica linda a tu cuarto, de
la misma manera que enriquecer una biblioteca con libros que nunca se han leído
y que sin embargo su naturaleza canónica los vuelven una pieza imprescindible
de la antes mencionada biblioteca.
Par mí, más allá de la pretensión que
significa llamarte músico o lector ávido, existe otro discurso tal vez más
snob, tal vez más noble, que es el aceptar tal ornamento no para presumir de lo
que sabes tocar o de lo que has leído sin que ninguna de estas dos cosas sea
verdad, sino hacer saber a todos que aceptas que la cultura misma es hermosa y
vale la pena hacerle un pequeño altar en tu santuario que es tu cuarto o tu
librero. Es decirle al mundo: “no sé tocar, pero me encanta la guitarra como
objeto, me encanta la gente que sí la toca, me encanta tanto lo qué se ha hecho
con ella en la música del siglo XX, que la tengo aquí en mi cuarto como emblema
de todo eso, aunque nunca se halla tocado en la historia”. Por eso, creo yo, la
gente recarga guitarras en la esquina de su cuarto, o cuelga Les Paul sunburst en la pared, porque es
algo demasiado genial para hacerle no un monumento.
Lo mismo sucede con los libros que
nunca leemos pero que curamos cuidadosamente para acompañar los que sí leímos
en nuestro librero. Habla de nosotros, de lo que entendemos por literatura, por
lectura, lo que esperamos leer, y lo que sabemos que nunca leeremos pero que
son bellos. ¿Es todo esto una exageración y ensalzamiento del consumismo? Lo
que es cierto es que los objetos cuentan historias y aquellos que elegimos con atención
para adornar nuestro espacio dicen más de nosotros de lo que imaginamos. Hay
que recordar que nuestro cuarto es una proyección de nuestra mente.
domingo, 6 de enero de 2019
El mito absoluto de seguir aquí
¿Por qué no puede ser ésta una imagen?
5 de
enero del 2019, sábado. No estoy esperando a los reyes magos, sino a él que
dijo que llamaría. Mientras me convenzo de que no llamará pongo un disco y leo
un libro. El disco: Bloom de Beach
House. No me lo esperaba, suena brillante, dulce y claro; es una experiencia
preciosa escucharlo help me to name it[1],
cada que lo escuche recordaré este momento, encontré una canción para todo
el 2018. No he cenado pero sigo esperando.
El
libro: Los Desesperados de Joselo
Rangel. Tampoco lo esperaba. No soy fan de su música pero he disfrutado su
literatura. Es una historia de amor, rock y el fin del mundo, como debe de ser.
Lo acompaña una playlist pero sigo con un solo disco. Me he reído mucho con
este libro; tiene razón, tu instrumento te define ¿en verdad? Todos los
bajistas son raros, conozco varios, otros no. Creo que los bajistas son cool en general, llaman la atención porque no
sobresalen, pero una vez que escuchas el bajo no puedes dejar de escucharlo. Yo
entendía que uno escoge la guitarra como acto de ir a la tienda a comprarla,
pero es el bajo el que te escoge a ti.
No
publiqué una breve reflexión musical en Facebook, pero lancé una pregunta al
aire ¿No se cansan de los tributos? Hubo quien respondió sin responder, unos
cuantos me gusta, pero así, como abierta es la pregunta dos respondieron: no.
No me molesta que la gente toque sus canciones favoritas y cobre por ello, si es
en verdad el caso, pero en general me preocupa que lo que el público quiera
escuchar es lo mismo de siempre. Aparecen bandas como Greta Von Fleet, que
suena vieja, literalmente, una copia más de Led Zeppelin. Ahí están los discos,
no tienen que ir a un tributo, a un bar a escuchar una banda de covers. La
experiencia de quedarse quieto un rato y escuchar un disco, verdaderamente
escucharlo es mucho mejor. Pero la gente paga por spotify, pone una lista en
youtube y se creen escuchas de una banda, ya no se tiene el esfuerzo de
levantarse a cambiar el lado del disco. Me di cuenta: la música no debe ser
infinita, parte de su esencia es comienza y termina, hay un silencio ahí, dónde
uno puede detenerse a escuchar de verdad.
Ayer
viernes, mientras esperábamos por el grupo de covers de mi hermano, en la
pantalla se veían videos de Los Enanitos Verdes viejitos tocando las canciones
que todos conocen, unos tales Matute tocando covers ochenteros mientras se visten
como reggetoneros, Los Hombres G tocando canciones de chavitos viéndose como
los papás rabo verde de alguna compañerita de primaria. Pueden parecer duras
mis sentencias, pero mi incomodidad fue esa ¿es lo que la gente viene a
escuchar? Me reclamaron en Facebook porque yo misma tocaba covers. No, ya no me
hacia feliz. Creía que mi banda merecia más, exigirse más; pero tocamos mucho
muy rápido, no dejó espacio para sopesar qué estábamos haciendo y qué
queríamos. Me frustré. No me gustaba esa actitud paternalista de todos a
nuestro alrededor consintiéndonos más de lo justo. Cuando estoy triste veo el
documental de las Ultrasónicas Todos
están muriendo aquí ¿es que he idealizado el fracaso? Tal vez fracaso es
una palabra fuerte. Todo fue más complejo para otras mujeres en la música, les
tomó mucho ser tomadas en serio ¿y quién dice que a nosotras nos tomaban en
serio? Parecía más bien una cosa rara que todos querían mirar y presumir, como
una tierna mascota a la que todos quieren acariciar. Más frustración. Tres de
la mañana. Ya vete a dormir.
Recuento del 2018
Me gustaron Sueño en otro idioma y Los adioses. Me gusto mucho Proyecto Florida. Me gustaron mucho más Roma y Museo.Me divertí viendo Black Panther. Me divertí mucho más con Infinity War. Venom es graciosa pero nada más.
Me encantó The Marvelous Mrs. Maisel, todo el mundo debería estar viéndola y hablando de ella. Lloré con Mad Men, porque tiene muchos capítulos de año nuevo. Lloré de nuevo con Gilmore Girls.
Principalmente leí no-ficción. Mención especial para Misterios de la sala oscura de Fernanda Solórzano y La chica de la banda, autobiografía de Kim Gordon.
St. Vincent sigue siendo genial. Screaming Females súper genial. La canción del año es Myth de Beach House, me llegó tarde es cierto. No más rock progresivo ni metal, aunque Tool está bien. Primus, es fuera de serie. Expresiones burdas para hablar de cosas grandiosas.
Magic es muy divertido y complejo, vale la pena seguir jugando. Hay juegos de mesa que son realmente divertidos: Las siete maravillas, Love Letter y Ticket to Ride.
Tocar en un escenario es la cosa más genial del mundo. Hay una batería en mi sala y un amplificador siempre conectado.
Volví a hacer flan. Me dejaron plantada. Me llamaron de sorpresa. Fui a un festival de música local. Me subi a cantar en un bar, no me volvieron a llamar. Conocí a varias personas vegetarianas, amo la carne. Fui a varias entrevistas de trabajo, me dijeron que no en una Sex Shop. Nunca seré maestra de primaria. No sé porque pasan las cosas que pasan. Nunca maduramos. 26 años.
viernes, 28 de diciembre de 2018
El ser
Dejé mi ejemplar de La insoportable levedad del ser sobre el
buró junto a la cama durante casi un mes, quería desmenuzarlo, dejar sobre él
la huella de mi lectura; ya hace un año de eso. Paso algo curioso con aquel
ejemplar: lo regalé; lo tomé de mi librero y se lo di, lo tenía decidido hace
tiempo y quería que ese regalo fuera más un pedazo de mí que un simple libro.
Dejé su hueco en mi librero, como un recordatorio de esa parte de mí que ya no
me pertenece, curiosamente ahora forma parte de una colección de regalos
empolvándose con tantos otros, me recuerda lo inútiles que son los regalos.
Desde ese día hemos estado intercambiando libros, yo se los compro, le doy de
los míos y él supone que debe corresponder con alguno de los suyos, pero nunca
ha sido esa mi intención. No sé porqué, parece que lo mío ya no me pertenece,
que es una extensión de mis sentimientos por él, porque yo estoy en los
objetos, esos que he conseguido a lo largo de mi vida, cada uno tiene su
historia y por fácil o complejo que sea separarse de ellos, algo significan. Yo
estoy en los objetos, y aquel día que dejé ese hueco en mi librero, yo fui
suya.
Debajo de la escalera encontré un tocadiscos, ochentero, con
radio, cassette y sin bocinas. De nuevo tomé un pedacito de mi historia para
regalar. Ese tocadiscos fue decorado de mi cuarto mientras crecía, pues no
tenían dónde más ponerlo. Mis muñecas posaron junto a él y le pegué toda clase
de cosas extrañas. En algún punto terminó bajo la escalera juntando polvo, no
se había prendido en años, pero él lo hizo encender, lo hizo sonar de nuevo y
discos que llevaban meses sin escucharse volvieron a sonar. No sé lo que es pero mi inutilidad en esta
temporada de dar regalos se ha convertido en dar pedacitos de mí, y no sé si al
final de todo quede algo para mí misma.
jueves, 4 de octubre de 2018
Hoy
Hay cosas bellas en sí mismas: Me encanta que el bajo tenga un alma (o una guitarra en su defecto). Es maravilloso que la madera esté viva, tiene una resonancia, se expande, se contrae, reacciona al clima y a las personas. Me encanta que los discos tengan surcos y ahí se esconda la música. Me encanta que los perritos sólo busquen un lugar dónde apoyar su cabeza. Es increíble que puedas tener toda una historia en tus manos, que una fotografía detenga un momento. Es increíble que una melodía te haga llorar o que un aroma te recuerde tantas cosas. Es maravilloso regresar a casa y que toda huela a comida recién hecha. Es maravilloso que una persona te mantenga tibio por la noche.
lunes, 24 de septiembre de 2018
Rock de chicas
"Women
aren’t interested in music. Women don’t make music. Women don’t buy music…”[1]
Los amplificadores se
callaron. Los murmullos del publico llenan el espacio con un ruido sordo y
amorfo. Llegó el momento de que otra agrupación suba al escenario, cinco chicas
armadas con nada más que sus instrumentos, se enredan entre cables, toman
posiciones, suben volúmenes, hay unos pocos golpes a la batería. De entre las
voces fusionadas del público, se distingue una que grita arrogante: “¡mucha
ropa!”.
Esa
ha sido la única falta de respeto que hemos experimentado. Nos unimos
nerviosas, imaginando toda clase de improperios por el hecho de ser mujeres,
por el hecho de atrevernos a tocar rock; meternos a cuevas repletas de
violencia y testosterona, exponiéndonos al escrutinio de los hombres que creen
que tienen el derecho de gritar lo que les de la gana, convertirnos en objetos
para su entretenimiento, nuestro lugar está entre sus piernas y no en un
escenario. Sin embargo nos encontramos con una situación muy diferente, el
público siempre nos ha tratado con respeto, siempre recibimos apoyo y una
agradable energía. Levantamos la cabeza, pues nos hemos atrevido a pararnos
frente a todos y hacernos sonar.
Desde
el primer momento, la banda recibió numerosas invitaciones y oportunidad para
presentarnos en distintos foros. Ganamos un poco de reconocimiento y
actualmente somos de las pocas banda de chicas activas en el estado. Parecía
que algunos habían encontrado una mascota que presumir frente a todos, la
novedad extraña que estuvo de moda ¿no es una forma también de represión? No
hay nada de malo con todo esto, siempre y cuando se pueda capitalizar en verdaderas
oportunidades, se pueda sacar provecho a toda esa visibilidad, porque contrario
a lo que la experiencia nos ha enseñado, la visibilidad es el principal
problema de las mujeres en el rock.
No
hay una forma correcta de nombrarlo ¿rock femenino? ¿rock de mujeres? Como si
hubiera una distinción entre lo que una banda convencional, formada por hombres
y una formada por mujeres es capaz de hacer. Es sólo música, no importa el
sexo. Nunca se sintió diferente, desde el principio no éramos más que cinco
personas reunidas para tocar canciones que les gustaban, no hay un esfera aparte,
ni un umbral indescifrable simplemente un gusto por la música.
No
son pocas las mujeres que han deseado dejar su mensaje, de hacerse escuchar;
liberar todas sus opiniones, frustraciones y experiencias con ayuda de
distorsiones y un volumen alto; sin embargo han tenido poca oportunidad de
darse a conocer puesto que la industria nunca se ha visto capaz de tomarlas en
serio. Mucho de esto se debe a la creencia de que el carácter masculino del
género musical es lo que le da identidad.
La
relación de las mujeres y el rock n’roll es complicada. Se trata de un medio
sexista dominado por hombres en que las mujeres no son más que objetos que se
desechan e intercambian fácilmente, y sin embargo son una presencia constante;
donde haya una banda, allí habrá una chica, tal vez más. Las groupies no nacieron
siendo las que se acuestan con los músicos, comenzaron queriendo estar ahí por
y para la música, buscar y entregarse completamente a una agrupación, y amar
tanto una pieza musical que vivían su vida en ello.
Nos
han inculcado que nosotras no nos paramos frente a una multitud a gritar
nuestras inquietudes, a expresar nuestras posturas. Pero ¿quién dice que las
mujeres no lo hacen? Van por el mundo expresando sus ideas, relegadas en los
espacios donde los hombres quieren verlas; y los hombres no las quieren ver en
bandas de Rock, no las quieren tomar en serio como músicos ni como interpretes,
sin embargo hay una lista (no tan larga como debería) de mujeres que se
impusieron ante ese pensamiento, que a pesar de lo adverso se pararon frente a
una multitud a gritar: ¡jódanse! Y vale la pena admirar a cada una de ellas, y
desear compartir con ellas ese valor, de tomar una guitarra o lo que les de la
gana, una pluma, un megáfono y decir lo que se tenga que decir. Ahora tenemos
la oportunidad de que nos tomen en serio, y por eso debemos aprovechar cada
espacio para hacer todo el ruido posible. Nosotras que nos atrevimos a tomar un
instrumento, a subirle al volumen, a buscar a otras como nosotras y hacer ese
dulce Rock n’ Roll.
[1] Vivien Goldman, Pitchfork, https://pitchfork.com/features/lists-and-guides/9923-the-story-of-feminist-punk-in-33-songs/?page=1 revisado en 6 de noviembre
de 2017
#NoEstásSolo
No
puedes menospreciar el dolor de los demás sólo porque consideras que tus
razones son más válidas para sentir dolor. Si el umbral de sufrimiento de todos
fuera tu propio dolor entonces nadie en la tierra tendría que quejarse por
sentir nada porque tú sentirías dolor por todos nosotros. Si el chiste es
martirizarse hasta tal punto entonces ¿de qué demonios vamos a hablar?
Si
digo en voz alta que me duele la espalda, por lo menos me duele lo suficiente
como para decirlo en voz alta, no para sentirme estúpida por atreverme a hablar
porque alguien más lo está pasando peor que yo. Siempre hay alguien que lo esta
pasando peor, y si eso es suficiente para que yo no tenga derecho a sentir
algo, mejor nos callamos todos de una buena vez.
Me
desesperan mucho quienes sólo hablan de sí mismos. En ese caso no hace falta
que yo diga nada porque es obvio que prefieres oír el sonido de tu propia voz. No
hace falta que le haga saber a nadie qué es lo que pasa en mi vida porque no es
nada extraordinario, ni mis opiniones nada relevantes. Todos son importantes,
todos son talentosos, todos tienen que ser escuchados.
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